No es día para positivismo, no lo es...
Aunque con este blog pretendo huir de todo aquello que nos afecta negativamente a nuestra razón, corazón o alma, no puedo, y espero que por primera y última vez, pasar por alto la tragedia ocurrida en Barajas.
He sentido una pena enorme, por esas ciento y muchas víctimas y sus familiares. Es cierto que todos los días mueren miles de personas de forma cruel e inesperada; y que suelen simplemente engrosar la lista de fallecidos, si más; pero cuando ocurre una tragedia colectiva de estas dimensiones es cuando empatizamos con las víctimas quizá por enfrentarnos crudamente a la realidad de que la vida y la muerte son en la mayoria de las ocasiones caprichosas. Y que estamos vivos igual que pudieramos no estarlo.
Hoy me tocaba mi tarea de exponer un hecho, una experiencia donde mi visión fuera ver la botella medio llena en lugar de verla medio vacia; en una palabra ver el lado positivo de una situación. Y la verdad, tal como ha terminado el día es difícil. Empecé este post pensando que sólo iba a expresar mi pesar por lo ocurrido, pero mientras lo escribía se me ha ido cruzando por mi mente la idea, o quizá el reto de intentar buscarle el lado positivo. ¿crueldad por mi parte? ¿seré capaz de ver en tanta tragedia algo positivo? ¿alguien será capaz?
Y aquí estoy, pensando en como reconvertir una tragedia en algo bueno, no por supuesto la tragedia, eso es algo imposible, pero ser capaz de extraer un hilo fino del que tirar y tirar hasta que al menos deje de ser algo mostruoso y que al menos me pueda reconfortar
Pienso, quizá haya habido algún momento para alguna de las víctimas en que ante tanto horror haya encontrado cierta paz, o compañerismo, o humanidad entre sus compañeros de tragedia. También pienso que alguno de los familiares perciba el calor, la comprensión y el apoyo de los suyos y que eso le compense.
¿Y si pensamos en que esta tragedia haya servido para que alguno de los familiares haya sido capaz de valorar y entender lo que amaba a un ser querido?.
Ahora pienso, quizá esta tragedia sirva para que a partir de ahora las compañías aéreas sean más rigurosas con los controles que deben pasar sus aviones.
Voy escribiendo sin tan siquiera releer, tal y como se me vienen las ideas a la cabeza. Es difícil, muy difícil... ¿Cómo es posible encontrar algo bueno en tanto sufrimiento y en tantas vidas truncadas?
Creo que voy a dejar de pensar, porque sólo se me ocurren ideas decabelladas, inhumanas, de un coste desproporcionado, me estoy sintiendo fatal, incluso perversa; sin embargo algo me dice que hay que buscar siempre algo a lo que agarrarse, y que ese algo a veces cuesta mucho, porque duele demasiado.
Quizá lo único que se me ocurre pensar es que para los que hemos tenido la suerte de no ser víctimas directas (víctimas y familiares); una tragedia así, vista desde fuera, y no por ello sin sufrimiento, nos ayuda a valorar el que estemos vivos y la importancia relativa de muchas cosas. Nos creemos el ombligo del mundo, pensamos que lo nuestro es lo más importante, si sufrimos somos los más desgraciados; y el ver casi en directo horrores de este tipo nos hace pararnos un poco, recapacitar y sentir que somos unos auténticos privilegiados y que basta ya de lamentarnos y de autocompadecernos.
Al hilo de ésto, he recordado que hace unos cinco años mi pareja sufrió un accidente, un accidente de los catalogados como tontos y que con el tiempo suenan a chiste, pero que ocurren y pueden acabar en tragedia. En el instante que se disponía a entrar en una tienda, se desprendió la cornisa de una balcón de una vivienda del mismo edificio, con la mala fortuna que le dió. La buena fortuna es que en lugar de darle en la cabeza, le dió en la clavícula y se la partió de cuajo. En los primeros momentos, incluso en los primeros días, no fuimos conscientes de la magnitud del suceso. Pero al cabo de los días, mi pareja pasó por un bajón anímico importante, motivado por el darse cuenta que tan sólo por unos escasos centimetros, se había salvado de algo, que a todas luces hubiera podido ser mucho más grave, incluso fatal.
Curiosamente, en principio, en lugar de alegrarse, como todos los demás hicimos, y como parecía ser lo más lógico, él se vino abajo. Pasó unos días entre la incredulidad, la tristeza y el alivio. Sin embargo, al cabo de unos días, su estado de ánimo mejoró y empezó a tomar clara conciencia de lo sucedido e hizo lo más inteligente, extraer conclusiones de la experiencia que le hicieron cambiar su vida, y por ende, nuestra vida. Entre otras cosas, equilibrar la importancia de los diferentes aspectos de su vida. Empezó a disfrutar más de la vida, de saborear más tranquilamente una comida, un paseo, un no hacer nada, los amigos... De darle a cada cosa su justa medida.
En algunas ocasiones he pensado que muchos necesitamos que se nos caiga un balcón encima al menos una vez en la vida (en sentido figurado, por supuesto)
Lo dicho, sin releer lo envío.